Tobia, es un pequeño municipio en el departamento de Cundinamarca, localizado a 90 Km. de Bogotá, D.C., al que se llega tomando la Autopista a Medellín (por la calle 80), en un recorrido en auto de unos 90 minutos. En este paraje rural agreste, de clima tropical, casi desconocido para el turismo hasta hace muy pocos años, existe un tren turístico, obra del ingenio y la persistencia de un emprendedor, Raúl Zárate Sánchez, quien a pesar de haber sido golpeado muy temprano por el destino al perder hace 30 años uno de sus brazos a manos de criminales que dominaban la zona por aquella época, decidió ponerle cara a esa desventura y reescribir la historia de su vida, iniciando la actividad de transporte de trabajadores y estudiantes campesinos, y posteriormente el de turistas, por un tramo de la abandonada vía férrea, entre Villeta y Tobia, del otrora Ferrocarril de Cundinamarca, que unía Facatativa con Puerto Salgar, cruzando por poblaciones del noroccidente del departamento como Albán, Sasaima, Villeta, Tobia y Utica.

En 1992, cuando trabajaba a jornal en actividades agrícolas, fue abordado por criminales de la región que le cortaron un brazo para que no volviera a trabajar. Desde aquel momento, su destino quedó marcado para siempre. Y fue en ese mismo año cuando, en Tobia, el pito del tren sonó por última vez, pues el gobierno nacional decidió terminar con el transporte férreo liquidando la empresa de Ferrocarriles Nacionales de Colombia para darle cabida a los intereses de los transportadores por carretera, más costoso y no tan eficiente como se presumía. Ahora Raúl Zárate sólo contaba con un brazo, y los rieles de la carrilera pasaban a ser parte del paisaje.

Al no encontrar oportunidades de trabajo debido a su discapacidad, y apelando al ingenio característico desde su niñez, Raúl identificó un nicho de mercado en el transporte de estudiantes y campesinos de la región, a los que comenzó a transportar en una pequeña plataforma, conocida localmente como “mesa”, que impulsaba con la fuerza del único brazo que le quedaba haciéndola rodar sobre los rieles de un tramo de la vía férrea. Posteriormente, y contando con el apoyo de la administración del exclusivo Club Payandé, dentro de cuyos predios se encuentra un buen tramo de la abandonada vía férrea, comenzó a transportar a trabajadores del Club, que antes se movilizaban a pie por la carrilera. Para este momento, Raúl, tenía ya una plataforma mucho más grande con asientos y una baranda para empujarla a pura fuerza física y facilitar más su desplazamiento. En esta etapa del trabajo Raúl era acompañado por un hermano.

Así, esta iniciativa de transporte hecha “a puro brazo”, comenzó a ser muy bien acogida por la comunidad local que encontró en ella una alternativa de transporte acorde a sus modestas necesidades. Al tiempo que operaba su mesita, Raúl, inició, por cuenta propia, el mantenimiento permanente de ese tramo de la vía férrea, afectado con frecuencia por caída de ramas de árboles y derrumbes, para darle más seguridad a su medio de transporte y a los pasajeros que allí transportaba; iniciativa de responsabilidad social que ha sido hasta hoy reconocida por el personal de ingenieros de la Gobernación de Cundinamarca, entidad pública que de alguna manera ha estado atenta a la problemática de esta región.

En la medida en que la demanda por el servicio iba en aumento, Raúl, se vio precisado a contratar a otras personas para mejorar su negocio, al tiempo que buscaba alguna innovación que le permitiera lograr una mayor eficiencia y un menor esfuerzo físico. Se le ocurre entonces, adaptarle una bicicleta a la mesita, con lo que se facilitó en gran medida el desplazamiento y la disminución de los tiempos de recorrido. Estas sencillas, prácticas y económicas soluciones hicieron un poco más atractivo el uso del servicio por parte de los turistas en particular, incrementándose la demanda por el servicio y mejorando los ingresos del negocio (ver fotografías en la parte superior del mosaico fotográfico).

Como todo emprendedor, preocupado de manera permanente por mejorar, consolidar e incrementar los ingresos de su negocio, Raúl, decide arriesgar el escaso capital que había logrado acumular y le apostó a motorizar su medio de transporte. Con el apoyo de su hermano y el capital disponible adquirió el motor de una motocicleta Harley para adaptarlo a la mesita, cuestión que no funcionó debido a la escasa fuerza del motor, por lo que volvió a rodar su mesita a punta de bicicleta, pero en esta oportunidad le acondicionó dos bicicletas, que pedaleaban junto con su hermano para repartir el esfuerzo y facilitar el trabajo pues la mesita ya era una plataforma un poco más grande para darle cabida a un mayor número de turistas.

Persistente como es, Raúl, le apostó finalmente por una alternativa de “mayor calado”, pues el trabajo de pedalear resultaba muy extenuante. Es así como construye una máquina movida por un carro, para lo cual adquiere un taxi Chevrolet Chevette, en proceso de chatarrización. El Chevette fue partido en dos para adaptar su parte delantera (tablero incluido). Se le dejó la misma transmisión, de cuatro cambios adelante, se le adaptó una caja aparte exclusivamente para la reversa -con el objeto de no forzar el motor- y el propulsor fue cubierto con una lámina de hierro, que incluye una 'chimenea' para alimentar el filtro del aire. Las llantas son en hierro colado y la tracción llega a las ruedas raseras, algo que se conservó de la arquitectura original del carro y que le permite regular la potencia de mejor manera. Los frenos son de campana atrás (adelante no tiene).

De esta manera, el tesonero emprendedor, disponía de una máquina más versátil y “moderna” para facilitar y hacer más atractivo el servicio para los turistas, cuyo número iba en aumento gracias al desarrollo de los deportes extremos que comenzaban a tomar fuerza en Tobia. Sin embargo, la maquina construida tenía una limitante desde el punto de vista de la comodidad y seguridad, y era que el vagón, de madera, era muy pequeño y solo cabía el conductor, mientras que los pasajeros continuaban transportándose en la plataforma (mesita ampliada) que jalaba la improvisada pero eficiente locomotora, y otros más arriesgados se montaban en una pequeña plataforma que rodeaba el vagón (ver foto extremo superior derecho).

Aunque durante los 30 años de servicio con su trencito nunca se ha presentado accidente ni incidente alguno, los problemas de seguridad de los turistas le generaban mucha preocupación e incertidumbre a Raúl. Decide entonces, mandar a construir un vagón en lámina, más grande, de mayor comodidad y seguridad. Al mismo tiempo cambia el motor de la locomotora por uno de Nissan Patrol, de mayor potencia (ver fotografías de la segunda línea del mosaico). Desde entonces, Raúl, ofrece un mejor servicio, que es vital como apoyo a las cerca de 20 empresas que ofrecen servicios de turismo extremo en Tobia.

A finales de 2018, Raúl, a través de su empresa operadora Recorridos Turísticos, adquirió una póliza de seguro para pasajeros, que cubre gastos médicos extremos hasta por la suma de cien millones de pesos ($100.000.000) por persona, con el fin de brindar más confianza y seguridad a sus pasajeros. Desafortunadamente, esta iniciativa no contó con el apoyo de los empresarios del lugar, quienes no quisieron asumir el módico costo de dos mil cuatrocientos pesos ($2.400) por persona que cuesta la póliza, pues no logran entender que la seguridad es una responsabilidad de todos y en particular de ellos como operadores pues son quienes traen los grupos de turistas que se transportan en el trencito hacia la Cascada Canales para realizar actividades de rappel. De igual manera, los empresarios se han negado durante los dos últimos años a aceptar un módico aumento de mil pesos ($1.000) en la tarifa del servicio del trencito, que está desde 2016 en cinco mil pesos (ida y regreso). Son los problemas “propios” de los pequeños empresarios, que antes que ayudarse para progresar y avanzar juntos, asumen posiciones intransigentes que van en contra de la consolidación de sus propias actividades y del desarrollo de una precaria economía local que en gran medida depende de las actividades del turismo extremo, pues la producción de una de las mejores panelas del país está en bancarrota por la intermediación que mantiene muy bajos los precios de compra al pequeño productor; todo lo cual en el corto y mediano plazo pueden convertir de nuevo a Tobia, en un abandonado y poco conocido municipio del departamento de Cundinamarca y de Colombia.

Si bien el proceso de mejorar su máquina para prestar cada día un mejor servicio y apoyar como consecuencia de ello la diversificación y fortalecimiento de actividades económicas alternativas que mejoren la situación socioeconómica de los pobladores de su región, ha sido toda una odisea llena de retos, unas veces agridulces por el celo de prestadores de un servicio similar en las localidades próximas de Villeta y Utica, que llegaban con sus máquinas hasta Tobia; otras por el escaso apoyo y solidaridad de las empresas operadoras que utilizan sus servicios; y otras más y aún más preocupantes que le generan la mayor incertidumbre, es que se haga realidad la intención de fuerzas políticas y económicas regionales y departamentales de quitarle su fuente de sustento, para concesionar a otros intereses la operación de un tren más grande, con lo cual su titánico esfuerzo durante 30 años, su futuro personal, la estabilidad de su familia, y, su modesto pero importante aporte para hacer de Tobia un destino turístico importante dentro del departamento, quedarían borrados de un tajo e inscritas como un suceso trágico más de la inequidad de una sociedad que no valora el esfuerzo propio y sano de sus ciudadanos, y que por el contrario recae en el favorecimiento político y económico de grupos de poder alienados y alineados con la corrupción desbocada que aflige a este país.

Más, sin embargo, por encima de los nubarrones que puedan aparecer en el horizonte, Raúl, siente la gran satisfacción de mantenerse vigente y haber podido sacar adelante su emprendimiento muy a pesar de ese primer golpe fatídico al que lo enfrentó la vida. Son las virtudes propias de todo pequeño emprendedor, en un país que, como Colombia, valora muy poco el esfuerzo de aquellos ciudadanos del común, que antes que resignarse a vivir en la pobreza, la marginalidad o la criminalidad, hacen gala de su creatividad y deciden ponerla en juego para salir adelante generando su propio ingreso para el sustento familiar, y aportar, además, un granito de arena al desarrollo económico y social local y regional.

El presente escrito ha sido elaborado por el colaborador José Eduardo Pedraza, Coach y Emprendedor Social, tomando apartes del artículo de Jaime Gabriel Abozaglo, publicado en la Revista Automotores del diario El Tiempo, en su edición del 19 de septiembre de 2007, y constituye un aporte a la defensa de los intereses de emprendedores y pequeños empresarios, que, como Raúl Zárate Sánchez, constituyen auténticas y ejemplares historias de Vida, que inspiran a confrontar proactiva y propositivamente las adversidades, contribuyendo a la construcción de una sociedad más próspera y equitativa.
Bogotá, D.C.. 06 de febrero de 2019.


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